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COCINA Y FIESTAS
EN LA “CASA FUERTE DEL INDIO FERNÁNDEZ”

   
 
 
 
 
 
Fotos: Bertha Herrera
Los muros de una casa son como las pastas de los libros, donde se escriben historias. Algunos de estos muros guardan historias extraordinarias, como la “Casa Fuerte del Indio Fernández”, uno de los sitios emblemáticos de Coyoacán, y si esta casa es un códice en piedra, precisamente es en su cocina en donde se contiene aún la gran vida y su tradición mexicana; así lo cuenta Adela Fernández, quién nos recibió para hablarnos de sus vivencias, de su historia y de la vida de la casa a través de su cocina. Con su trato finísimo, y esa forma exquisita con que Adela platica, sabrosa como un buen café de olla, del que se sirve en jarritos, esos que te calientan el cuerpo, pero sobre todo el alma, en la penumbra de la cocina en reposo. Adela nos dice que cualquier persona puede situar su historia en la cocina de una casa, “porque es en la cocina donde se hacen confesiones, en donde se piden perdones y se platican ilusiones. En donde van y vienen historias del mundo de afuera y de adentro.”
 
Y de esta forma nos adentramos en su mundo y en el de su padre,  hombre que forjó gran parte del cine mexicano de la época de oro: el Indio Fernández, referencia indispensable, si se quiere hablar de la cultura del México en el siglo XX; ese hombre mito hacedor de mitos. El director que quería mostrarle al México posrevolucionario y al mundo, la esencia  y los valores de los pueblos indígenas, en películas como la Perla. O como aquella maestra que responde al llamado de la patria y se marcha a cumplir con su misión en Río Escondido, o él México de la Revolución, para que los mexicanos lo entendiéramos, como lo acabó entendiendo la señorita Peñafiel, en Enamorada.

La primera piedra de la casa se colocó en 1947 por Ninón Sevilla, gran amiga de el Indio Fernández. A partir de ese momento poco a poco la casa se fue ampliando y convirtiéndose en una fortaleza laberíntica. Y Adela revive historias y nos cuenta que en realidad su padre comía de manera muy sencilla, pero que le gustaba recibir y atender a los amigos, diario había al menos veinte invitados a comer. Las visitas empezaban a llegar desde las seis de la mañana, con la presencia del arquitecto Manuel Parra, pero las comidas se podían convertir en grandes festejos, y llegar entonces hasta doscientos o trescientos invitados.
 
En la cocina se debía trabajar en silencio, las cocineras y Adela andaban descalzas, porque le molestaban a su padre las pisadas fuertes y los taconeos, o el ruido de trastes al lavarse; sólo se debían escuchar los sonidos de la creación culinaria, los sonidos del molinillo al hacer el chocolate, el de la molienda en el metate, cómo sonaba el tejolote en el molcajete al estar haciendo salsa; el hervor de los frijoles... todos aquellos sonidos que iban acompañados con olores que despertaban el apetito y la sensualidad.
 
Las comidas que disfrutaba Diego Rivera en esa casa, en donde las viandas iban llegando a la gran mesa de ébano del comedor, de manos de las hijas de las cocineras, muchachas de trenzas largas, que en cazuelas de barro ponían a la mesa los nopales y la barbacoa, las carnitas, salsas y moles, tamales y antojitos; servidos en vajilla de talavera o de cerámica de Michoacán o Oaxaca. Y mientras el maestro Rivera comía, hechizaba con su plática siempre culta. Marielena Marquez se servía muchos poquitos, en un platito pequeño, para sentir que comía poquito. De cada uno de los comensales tiene un recuerdo, de cada uno se han llenado las historias tejidas en vapores y aromas del comedor y la cocina.
 
Cuántas veces la mesa recibió al general Lázaro Cárdenas, a Salvador Novo, a Dolores del Río, la cual siempre que se enteraba que el Indio tenía nueva novia, le enviaba de regalo una canasta con tamalitos color de rosa. Personalidades como André Bretón y Rubinstein gozaron sorpresas y manjares de la cocina tradicional. Tina Modoti fotografiando la mesa, pues al Indio le gustaba que todo fuera perfecto, los manteles, las servilletas, la vajilla, las flores y los arreglos frutales con banderitas de papel picado encajadas en la frutas.

Mientras los comensales disfrutaban de salsa borracha, el mole verde o rojo y los tamales; en la cocina de talavera, el fogón de ladrillo de muchos fuegos, ocho parrillas de gas empotradas en bracero de azulejos y el horno de piedra para pan, trabajaban sin cesar. Las mujeres de la cocina, como la chunca, Josefa, Cruz y otras ayudantes daban los últimos toques antes de que los platillos salieran al comedor.

El Indio, de origen kikapú, no permitía que ninguna mujer que estuviera menstruando entrara en la cocina, y mucho menos que hiciera tamales, porque entonces la masa se corta. Adela comenta que su padre conocía muy poco de las costumbres de su pueblo y sin embargo ésta es una regla entre los kikapús, que incluso tienen la casa menstrual, para apartar a las mujeres durante el periodo, y no pueden tocar la comida ni las pertenencias de los hombres.

Los grandes festejos de la casa se realizaban para recibir a un gran artista, así se hizo para darle la bienvenida a Amparo Ribelles, o para conmemorar el estreno de Maria Candelaria en el Palacio Chino. La celebración del quince de septiembre, para recordar la gesta de los héroes que nos dieron libertad. Ese día todos eran libres de hacer lo que quisieran. Además el festejo podía surgir de un momento a otro, como el día que el coro del ejercito ruso le llevó serenata al Indio Fernández, un coro compuesto por cien personas, y en ese momento se tenía que preparar comida  para los recién llegados.

Pero la fiesta de las fiestas, nos comenta Adela, fue la que el Indio le ofreció a Yul Brenner, quién “era chaparrito y tan alto que se veía”... “ahí estaba Yul, tocando la guitarra con la que además hacía malabares.” Ese día por un lado cantaba Lola Beltrán y Amalía Mendoza en otro extremo, en “piques de mano a mano”... Además fue el día de las Amalias, pues también llegó a la fiesta Amalia Rodríguez, la reina del fado y desde que traspasó la puerta y su mirada se cruzó con la de Anthony Queen, ambos se sintieron atraídos y quedaron apartados, permanecieron dos días en el encierro de la casa. La fiesta continuó días, con barbacoa, tamales, tequila, pulque, mezcal y sotol. A la más pura tradición mexicana la fiesta era comida y bebida.

Adela fuma, sonríe trayendo vivencias a plática; una risa sonora al comentar alguna anécdota...

También habla sobre la fiesta de muertos en los tiempos de su padre y en los de ahora, los festejos de ayer y los de hoy, porque la casa sigue viva, con los fogones encendidos, la casa se abre de cuando en cuando, la cocina sigue dando de qué hablar y de qué comer para celebrar.

Al retirarnos de la cocina en donde por varias horas nos alimentó con las vivencias de Adela, nos damos cuenta que todo está tan vivo, y que ya son nuestras vivencias.

Pero que dulce Dolores del Río, comentamos, es tan dulce como sus tamalitos color de rosa.

Yuri de Gortari y Edmundo Escamilla
Periódico, El Universal, Suplemento Menú, COMEDORES Y COCINAS DE MUSEO, Agosto del 2006

 
 
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